El 2025 fue, en términos generales, un año positivo para el sector. Buenos rindes en agricultura, buena disponibilidad de pasto en los sistemas ganaderos y una sensación compartida de haber atravesado el ciclo sin grandes sobresaltos climáticos.
No fue un año perfecto, pero sí uno que permitió recomponer la billetera y, sobre todo, volver a pensar en objetivos que habían quedado en pausa.
El arranque del 2026, en cambio, encuentra al sistema en una situación distinta.
Las condiciones climáticas son más bien normales: sin grandes complicaciones, pero tampoco sobra.
No hay estrés generalizado, pero tampoco hay margen. Y es justamente en estos escenarios intermedios donde los detalles empiezan a importar más que los promedios.
En ese contexto, el mapa de temperatura superficial del departamento Gualeguaychú funciona como una herramienta de lectura. No como pronóstico ni como alerta, sino como una fotografía térmica del territorio.
Una imagen que muestra cómo responde el suelo hoy a las condiciones recientes. La última lluvia que aplacó las temperaturas, sacó a muchos cultivos de valores de estrés térmico y permitió que algunos maíces “revivieran”, La soja en cambio, continúa marchando sin grandes sobresaltos.

🌡🌡Qué se ve en el mapa
La imagen divide el departamento en cinco rangos térmicos. Cada color representa una forma distinta en que el calor interactúa con la superficie.
No es solo temperatura: es cobertura, humedad, manejo e historia del lote.
Los rangos fueron ajustados para resaltar patrones territoriales, no para analizar situaciones puntuales a nivel de lote. Ese no es el objetivo de esta imagen. Lo que interesa acá es la lectura general, la lógica que se repite.
Las zonas más frías aparecen asociadas a áreas con presencia de agua, bajos naturales y sectores con mayor humedad o coberturas más permanentes. En estos ambientes, la temperatura varía con menor velocidad. El suelo retiene humedad, la radiación se absorbe y el calor no se acumula con la misma rapidez.
Son sectores que, aun sin destacarse en los máximos productivos, ofrecen estabilidad. Funcionan como amortiguadores térmicos del territorio. No es casualidad que suelan coincidir con ambientes menos “forzados” desde lo productivo.
Además, el mapa permite ver con claridad el efecto de la lluvia de Navidad: una baja generalizada de la temperatura superficial que, al menos de manera temporal, sacó a muchos cultivos del estrés térmico.
Un alivio coyuntural, pero ilustrativo de cómo responde el sistema cuando hay agua disponible.
En el otro extremo aparecen los rojos más intensos. Sectores más calientes del mapa, asociados a suelos desnudos, rastrojos escasos o lotes que todavía no se sembraron. Ambientes más expuestos, con menor capacidad de regulación térmica.
No necesariamente se trata de malos suelos ni de campos improductivos. Pero sí de zonas que reaccionan rápido al clima: se calientan rápido, se enfrían rápido y, por lo general, también pierden agua más rápido. En un verano que arrancó de golpe y con olas de calor cada vez más frecuentes, estos ambientes quedan mucho más expuestos al estrés.
El patrón, no los C°
Lo interesante del mapa no es el valor exacto de la temperatura en cada punto, sino el patrón que se repite.
La imagen no habla de un cultivo en particular ni de una campaña específica. Habla de una lógica territorial: dónde el sistema amortigua y dónde amplifica el estrés.
Y cuando uno se aleja un poco de la imagen aparece algo más inquietante. A simple vista, grandes superficies del departamento comparten colores similares. Como si el paisaje se estuviera volviendo térmicamente homogéneo.
Esa uniformidad no es casual ni neutra. Es el resultado de manejos repetidos campaña tras campaña: rotaciones acotadas, decisiones similares, objetivos productivos parecidos en casi todos los lotes. El problema no es la eficiencia. El problema es la pérdida de estabilidad.
Un territorio que se comporta térmicamente de manera parecida en casi toda su superficie es un territorio más vulnerable. Menos capacidad de amortiguar eventos extremos, menos “colchones” ambientales, menos margen de error cuando el clima se desordena.
Somos Pampa Húmeda, sí. Pero una Pampa Húmeda marginal. Y entramos a enero con sectores amplios en condición de estrés térmico, aun después de una buena lluvia.
Más que un mapa, una pregunta
En ese sentido, el mapa deja de ser una curiosidad técnica y se transforma en algo más incómodo.
Porque no pregunta cuántos grados hay en un lote puntual, sino qué tipo de campo seguimos construyendo.
Sobre todo, qué tan preparado está ese campo para un clima que ya no aparece como excepción, sino como una constante.
Entrar al 2026 con condiciones normales puede sonar a buena noticia.
Y en parte lo es. Pero también es una oportunidad para mirar el territorio con otros ojos.
Porque si lo normal ya no es garantía de nada, la pregunta no es solo cómo venimos, sino qué dejamos listo para cuando venga lo otro.
El mapa no da respuestas cerradas, aunque deja una imagen nítida. Porque aun con un buen trigo y una soja que viene bien, en un departamento agrícola como Gualeguaychú, una porción significativa de la superficie muestra temperaturas de suelo superiores a los 40 °C.
Y eso no es un dato menor. Es una señal.
Hoy en día, podemos mirar el suelo. Y el suelo cuenta lo que le pasa en colores. La pregunta es si escuchamos esos tonos como advertencia o como oportunidad. Porque en nuestro sector, hasta el calor tiene memoria.
