En un sector donde la mayoría alquila para sembrar, el que alquila suele irse a la ciudad.
No siempre porque le sobre, sino porque lo que entra del arrendamiento no alcanza para sostener una vida rural y, además, es más simple cobrar renta desde el pueblo.
Saber cuánta superficie se necesita para que una actividad se sostenga deja de ser un DATO TECNICO y pasa a ser un dato SOCIAL.
Hoy, la identidad productiva está cada vez más determinada por la escala. No es solo qué hacés, sino desde que punto sos un productor de algo.
Cuánta superficie necesitamos para vivir de lo que se hace
No son números exactos: son idea de magnitud que marcan cuándo una actividad deja de ser complemento y pasa a ser forma de vida.
• Agricultura pura (soja / maíz): 1.800 – 2.500 ha
• Agricultura + ganadería: 1.200 – 1.800 ha
• Ganadería bovina de cría: 500 – 800 ha
• Cría + engorde: 300 – 600 ha
Si sembrás menos de 2.000 hectáreas, es probable que vivas más de prestar servicios que de producir: estás en el umbral, pero todavía no sos sojero consolidado.
Si tenés 100 vacas, eso sigue siendo un ahorro, no un sistema productivo.
Si alquilás 300 hectáreas y tenés un negocio en la ciudad, ya empezaste a mudar a tus hijos al pueblo.

El éxodo rural: una exageración
Con el paso de los años, la superficie mínima necesaria para vivir exclusivamente de una actividad se va incrementando. Y ahí aparece el éxodo, aunque suene exagerado o fuera de época.
El error es pensar que el éxodo rural existe solo cuando hay hambre.
No es así.
La gente se va cuando faltan tres cosas básicas: expectativa de futuro, proyección familiar y la posibilidad de progresar sin tener que irse.
El éxodo no es una procesión de personas caminando del campo a la ciudad. Es un proceso que va cerrando opciones productivas, y mostrando al pueblo como el único lugar donde todavía se puede proyectar una familia.
En ese contexto aparece la famosa “falta de mano de obra rural”. Aunque la falta de mano de obra no es la causa: es la consecuencia.
El que sabía trabajar, el que podía aprender, el que podía quedarse, ya se fue. No faltan brazos, faltan proyectos de vida posibles en el campo.
Frente a eso, el sistema responde mecanizando más, concentrando más y pidiendo cada vez más requisitos para trabajar, sin ofrecer condiciones equivalentes para vivir. El círculo se repite: menos gente, menos trabajo, menos ganas de quedarse.
Hoy, con números favorables para la ganadería, la población rural vuelve a entusiasmarse.
No porque haya cambiado la estructura, sino porque el ciclo acompaña. Si los precios siguen, el éxodo se frena; pero continúa un poco más lento.
Para el productor chico, hoy los números también pueden cerrar, aunque con costos que rondan los 750 a 900 gramos/cabeza/día, se convierte en una actividad muy dependiente de la economía nacional y, sobre todo, de la cantidad de hectáreas disponibles.
Las actividades más intensivas aparecen como alternativa para quienes no tienen miles de hectáreas. Parece una obviedad, pero productores chicos, medianos y grandes siguen la misma lógica: copiar al más grande.
Ese razonamiento limita la capacidad de buscar otras opciones. No es lógico que tres realidades diferentes intenten funcionar igual.
La cultura productiva pesa más de lo que se reconoce. Si tenés ovejas, parece que es porque no te alcanza para la vaca. Y vamos por las vacas.
En su momento, si no tenías soja en el campo, quedabas afuera. Y en parte era cierto. Pero si tu superficie es chica, tu sistema no puede ser el mismo que el del productor grande,
…y tus objetivos tampoco.
Entonces, ¿qué producir cuando ya sabemos lo que sabemos?
En esta zona, las opciones productivas parecen reducirse siempre a dos: agricultura o vacas. Muchos contratistas agropecuarios se criaron con padres ganaderos, pero hoy no ven ahí una alternativa viable, armarse de instalaciones adecuadas “no es barato”.
La actividad ovina queda relegada, a pesar de que se complementa bien con la ganadería bovina y puede ser una opción interesante en superficies chicas.
Cuando se discute la oveja, suele aparecer la comparación con la Patagonia: “allá sí da”. Es cierto que en el sur tiene beneficios y cumple una función de estructura rural, algo que no es comparable con nuestra realidad.
Pero tampoco hace falta irse tan lejos. A 50 kilómetros, en la República Oriental del Uruguay, el negocio ovino es mucho más serio: lanas finas y gruesas, precios de cordero publicados, reglas claras para sacar cuentas.
Acá, en cambio, la lana después de la esquila se quema. El cordero se negocia en negro, sin referencias claras de precio. Esa informalidad frena el desarrollo: vender 30 o 40 corderos a fin de año alcanza para una ganancia chica, pero no para construir un sistema.
Faltan frigoríficos, falta mejorar la lana, falta mercado. Pero también falta animarse a pensar sistemas distintos según la escala.
El éxodo rural no se explica por una sola causa. Se explica por una suma de decisiones económicas, culturales y productivas que van empujando, de a poco, a que el campo deje de ser un lugar donde valga la pena proyectar una vida completa.
Pero qué es proyectar una vida en el campo.
Es, para mí, proyectar una vida en lugar de buscar una escala industrial.
Es habitar la zona desde la dignidad: baños que no sean un lujo, caminos que no desaparezcan con la lluvia, conectividad que no dependa de la suerte, escuelas cerca de casa que no cierren por 8 mm de agua.
Pero no se trata solo de eso.
No alcanza con garantizar lo mínimo
Vivir hoy también es poder elegir, quedarse sin resignarse, criar sin miedo, sembrar sin perder.
Tampoco parece tarde para tenerlo.
