Una tarde de recorrida, de esas que se hacen antes de las vacaciones, mirábamos junto al productor un maíz de primera. Ese al que le ponemos todas las expectativas.
Estábamos viendo cuándo estaría listo ese lote para cosechar. Como íbamos a arrancar temprano, no haría falta mucha maquinaria: La trilladora era la de la estancia. Los camiones los ponía la cooperativa y una parte de la cosecha se iba a embolsar para los novillos.
La charla estaba rara, el productor callado, se limitaba a decir que sí o apretaba los labios como diciendo “no sé”.
La pregunta incómoda
Volviendo por el alambrado perimetral, me dice:
“¿Por qué el maíz de Don Jaime está mejor?”
Me quedé duro, respondí sin querer herir: “ellos están en otro nivel, deben fertilizar más”.
-No, a ellos les fertiliza el sobrino que yo lo conozco, aplicó casi igual que nosotros… y mirá comó está.
Seguimos de recorrida y cuando pudimos nos cruzamos al maíz del vecino. Observamos la distancia de siembra, el tamaño de la espiga y contamos granos. Me lamenté por no tener ese cultivo. Dije que quizás era el híbrido junto con la densidad lo que hacía la diferencia.
Además, con todos los problemas que tuvimos en el lote, demasiado bien está el de nosotros.
Pero mirando el maíz me daba cuenta que sí: estaba mejor. Y lo peor, rendiría como dos mil kilos más.
Alambrado de por medio, ese cultivo sacaba por lo menos un chasis más cada 4 o 5 hectáreas. Ninguna explicación alcanzaba.
El maíz de al lado se veía más lindo y rendiría más.
Después de las vacaciones
Semanas más tarde, en otra recorrida, lo lleve por el camino que pasaba cerca del maíz de los Fernández. Ese que estaba más feo, más petizo.
Fuimos tranquilos toda la tarde, mate en mano y conversando de lo lindo que estaba la playa.
Nos metimos en una soja grupo V, aplicada antes de la lluvia. “Está impecable”, dijo. Contamos nudos, chauchas, arrancamos algunas plantas… que quedaron en la caja de la camioneta, como siempre.
El maíz de la revancha
Continuamos costeando el lote hasta que quedó a la izquierda el maíz de Fernandez. Después de un rato en silencio, solté:
“Mirá ese maíz ya está para cosechar. Seguro le pegó la seca”.
No dijo nada, pero paró. Saltamos el alambrado. Contamos plantas, espigas, granos.
-¿Cuánto pesará, 200-300gramos?
Lo caminamos bastante, llegamos casi hasta la mitad del lote, y de vuelta a contar plantas y granos.
Ordenamos las espigas de menor a mayor, sacamos fotos. Volvimos todos transpirados, con el mate, el teléfono, las plantas… y como con diez choclos.
-Ellos tienen una sembradora viejita, y a este lote le falló la primera aplicación.
Eso era lo que le había contado el de la agronomía, que tenía todos los detalles porque le había vendido los bidones.
De vuelta en el camino
Por fin llegamos a la camioneta. Nos limpiamos un poco con el agua del termo que ya estaba tibia y volvimos a la ciudad.
Las plantas quedaron tiradas en el alambrado, pero se trajo dos espigas que puso al lado de la palanca de cambios.
Cuando subimos a la ruta tomó una de las espigas, la miro un momento para agregar:
Así quisiera mis maíces “bien colorados”.
No dijo nada más, pero mientras giraba la espiga entre los dedos, supe que el maíz de la revancha ya había cumplido su parte.
