Tranquera rota

Más lotes para la agricultura

Este año le pasaron dos lotes más a los que siembran. Fue el comentario del capataz cuando ponía en situación a uno de los peones.
El capataz y dos de a caballo salieron a dar la vuelta, rumbeando para los lotes que ahora son agrícolas. Tendrían que revisar los alambrados para asegurarse de que los animales no se pasen al cultivo.

Luego de caminar las vaquillonas, pudieron recorrer bien el alambrado lindante.


—Esta parte la tenemos que hacer nueva —dijo José, el peón más viejo—, y la tranquera capaz la dejamos así un tiempo más; igual se usa poco.

Luego de mirar y revisar los bulones, el capataz asintió y se puso a sacar cuentas de cuánto alambre, varillas y postes se precisarían.


—A la tranquera la tenemos que sacar y acomodar. La precisamos para pasar las vacas hasta el bajo.

—Lo único que nosotros no, patrón —dijo Juan—: o recorremos la hacienda o le reparamos el alambrado. ¿Por qué no lo llama al Carpintero? Que arregle la puerta y, de paso, nos ayuda con los postes.

El capataz se mantuvo en silencio un rato y negó con la cabeza.

Falta de manos en la hacienda


—Seremos pocos, pero acá nos toca las dos cosas.
—Con todo respeto, patrón, falta gente… Trabajamos mejor y vamos más rápido.
—Al arrendatario le fue bien —dijo el capataz—, y los números lo acompañan. El hijo del patrón ni llama, y la ganadería es gusto del nomás.
—Mañana de mañana salgo solo a revisar la hacienda y ustedes comienzan el día en este remate.


La caravana de tractores y maquinarias nos tapó de tierra. Encima los maleducados se chocaron un poste de los que estaban sanos, comentaba Juan mientras regresaba al puesto.

—Precisamos ese alambrado en pie. La maquinaria ya terminó su parte y, en cualquier momento, nos empiezan a llegar los novillos.
—No, patrón —contestó Juan—, no nos da el tiempo. Precisamos que lo llame a Pereira o a alguno que se dedique a esto. Nosotros solos no podemos.

La sensación de impotencia se sentía en el aire, y el viento norte que anunciaba mal tiempo no ayudaba.

La tormenta y la tranquera rota


Al otro día llegó la tormenta, y la tranquera terminó de romperse, quedó la mitad colgando.

 “Estemos atentos: la hacienda se manda cuando den los caminos”, decía el mensaje del veterinario.

Dos semanas después, cuando ya habían llegado los novillos y la polvareda volaba de nuevo, el patrón pasó en la camioneta.


Bajó el vidrio, miró el pedazo de tranquera y dijo, sin bajarse:
—No importa. Esa puerta el año que viene se cierra fija.

Nadie respondió.
Juan se acomodó el sombrero y siguió apisonando el poste.

Un final que dice más que el patrón

“En menos de un mes se vio todo. No es un problema de madera ni de bulones: es una competencia entre lo que crece y lo que se achica. Y en esa competencia, siempre algo termina roto.”

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