Ese gusto particular

A diferencia de otros días, a Marito no lo llamaron para la merienda. Raro, porque todos sabían que su chocolatada con torta era sagrada.

A la noche se supo: por cuestiones de trabajo, su papá tenía que mudarse a otro campo que tenían los patrones en la provincia de Buenos Aires.

La noticia cayó como baldazo de agua fría y la chocolatada quedó en el olvido.

Como dejar su casa, su lugar, ese puesto que lo vió crecer.

Eso sí que  NO. –pensó Marito con su corta edad– Yo me quedo.

Ya podía manejar tractores y ayudar en la manga. Hacer el mantenimiento del parque, limpiar la pileta de los patrones  y lo que le mandaran a hacer.

Todavía sos chico –le dijeron–, y la estancia no te permite quedarte solo.

Mi lugar es este. Pensaba.

Así que salió a caminar solo, llegó hasta donde estaba ese montecito de sauces, un poco triste y otro poco enojado. Al rato pasaron los tractores de los Díaz con sus herramientas destartaladas.

Se quedó mirándolas por un tiempo prolongado y se volvió al puesto.

—Si consigo trabajo acá a la vuelta, me quedo —les dijo a los padres—. Este año termino la escuela y con lo que sé me alcanza. En el otro campo no conozco a nadie y tampoco les puedo ser de gran ayuda. Ustedes me van a tener que mantener como si yo no pudiera hacer nada.

La mamá no quiso saber de lo que estaba hablando su hijo, y siguió con la cuchara de madera, mirando la olla.  Pero el papá entendió.

—Hablamos después —dijo—. Ahora ayudá a tu mamá con la comida.

En la cena, solo se escuchaban las cucharas, nadie habló más del tema. Ni en la comida ni tampoco al día siguiente. Pero el 25 a la tarde, el mensaje del capataz se escuchó de lejos.

El 1° se va a tener que presentar en el otra Estancia“.

Sin perder tiempo, Marito salió en busca de alguna solución, pero solo encontró una espina de la uña de gato que siempre se enganchaba y que agarró a machetazos una y otra vez.

Esperó al capataz en la tranquerita para hacerle la gran pregunta.

—Con todo respeto, patrón, yo no quiero irme de este campo. Si pudiera darme algún lugar para quedarme, le pago con trabajo. Usted sabe bien las cosas que yo ya hago acá.

—Perdoná, Marito, no es decisión mía. Y además sos menor. Sabés que acá no podés quedarte.

—Ya sé, pero si consigo algún trabajo, me quedo.

—Puede ser —dijo, mirando para delante, hacia el horizonte, sin saber dónde poner la mirada—. Pero acá sabés que no se puede.

El sábado se volvieron a encontrar con el capataz.

—Si todavía buscás quedarte, averiguá con los que siembran. A ellos siempre les falta gente.

No terminó de escuchar la frase que salió corriendo para la casilla de los Díaz.

—Mamá, papá, me quedo. Conseguí dónde quedarme. Ya no es decisión de ustedes.

Me quedo acá y me gustaría que estén contentos, no enojados.

Con el comienzo de la cosecha. Marito entró a prueba como tolvero de la cosechadora de 19 pies. Viejita, pero no por eso dejaba de cosechar.

Cuando se estaba completando el  segundo camión se  escuchó por la radio:

ATENTO, ATENTO, MARITO, cuando termines con ese camión, venite a la casilla que ya está lista tu chocolatada.

Cuando la familia partía hacia una nueva querencia, los Díaz sumaban un nuevo integrante.
La chocolatada volvió a tener un gusto único.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *